
Testimonio de Francisco Cuesta
Queridos doctores, seres queridos y, muy especialmente, mi ángel donante:
Hoy me detengo a mirar el camino recorrido y no puedo evitar que se me llene el pecho de
una profunda emoción. El 26 de enero de 2021 quedó marcado en mi calendario, y en mi
alma, como el día en que volví a nacer. Ese día recibí el trasplante de hígado que cambió por
completo mi destino, y hoy, más de un lustro después, miro hacia atrás y me asombra ver lo
maravillosa que ha sido esta segunda oportunidad.
A los cirujanos y a todo el equipo médico que estuvo en el quirófano: gracias. Gracias por su
precisión, por sus manos bendecidas, por sus noches de vela y por poner toda su ciencia y
su calidez humana al servicio de mi salud. Ustedes no solo realizaron una operación
compleja; ustedes reconstruyeron un puente para que yo pudiera seguir caminando por este
mundo.
Y a ti, mi donante, mi ángel silencioso… No alcanzan las palabras en ningún idioma para
expresar el tamaño de mi gratitud. En tu momento más difícil, o a través del enorme amor y
generosidad de tu familia, decidiste dar vida. Tu generosidad trascendió al dolor y se convirtió
en mi milagro. Cada mañana que me despierto, cada risa que comparto con los míos, cada
atardecer que contemplo y cada latido de mi corazón son un tributo a tu memoria. Llevo
conmigo tu regalo con el mayor de los respetos y cuidándolo como el tesoro más sagrado.
Mi vida después del trasplante ha sido un hermoso despertar. Volví a disfrutar de las cosas
pequeñas, a hacer planes de futuro y a abrazar a los que amo con una intensidad que antes
no conocía. Gracias a todos ustedes, hoy puedo decir con orgullo y una sonrisa enorme que
hoy estoy aquí, viviendo plenamente, celebrando la salud y honrando el inmenso regalo de la
vida.
Con mi agradecimiento eterno